… y se acercan momentos felices sin felicidad.

Fecha de ilusiones, de festejo, de unión, de felicidad, de hacer balance del año que acaba de pasar ante nuestros ojos a una velocidad de vértigo. Una vuelta más alrededor del sol, un viaje más a través del espacio-tiempo en el frío y aparentemente solitario y tranquilo universo. Uno más de tantos otros. Trescientos sesenta y cinco días más; ocho mil sesenta horas de vivencias; quinientos veinticinco mil seiscientos minutos de trabajos; treinta y un millones quinientos treinta y seis mil segundos de buenos y malos momentos; y sólo un suspiro, un año. Ajetreados humanos de aquí para allá, pensando en sus quehaceres, inquietudes y preocupaciones. Apasionados y pasionales seres que sufriendo, gozando, amando, riendo, llorando, permanecen siempre pensantes y encendidos, siempre brillantes como estrellas en el firmamento. Pero salgamos de nuestra condición de humanos por un momento para observarnos desde fuera. Cerremos los ojos y tratemos de visualizar la Tierra desde lejos, en el vacío del universo. Admiremos nuestra insignificante balsa vital en la inmensidad del macro océano que nos rodea. ¿Qué somos sino ínfimos seres, pretenciosos e ilusos? ¿Qué somos sino cabezas de alfileres perdidas en la espesura de todo un bosque? Seres pequeños, numerosos, torpes y ansiosos por conocerlo absolutamente todo, persiguiendo la sabiduría, la verdad absoluta e indiscutible, queriendo que la naturaleza se adapte a nosotros en lugar de ser al revés. Parece poco alentador que seamos de una condición tan minúscula. Tampoco ayuda a ser optimistas que nuestro paso por el cosmos sea poco más que un segundo en un milenio. ¿Qué engaño es este? ¿Qué mente pudo crearnos a nosotros y a nuestro entorno? ¿Es todo esto una pura y fortuita cadena de increíbles y aisladísimas casualidades? ¿O no? Muchos de los que celebran por estas fechas la Navidad, encuentran la respuesta en Dios. Y, francamente, mirar al cielo y contemplar todos esos puntitos brillando, mostrándonos la grandeza del inmenso entorno, ese que nos empequeñece y que nos ridiculiza, da qué pensar. Y en nuestras vidas de trabajo y agitación continua somos felices e inconscientes de la tremenda harta de casualidades que posibilitan que todos nosotros no reventemos o desaparezcamos violentamente para siempre. Y en medio de nuestros estudios, de nuestras hipótesis, poco nos percatamos de la divina y enigmática armonía que lo mantiene todo atado y bien atado. Y resolviendo nuestros problemas e inquietudes; respondiendo a preguntas tan complejas que ni siquiera sabemos plantear, admiramos cuán poco somos. Y vivimos nuestras religiones con la esperanza de encontrar el camino que nos lleve a la respuesta definitiva, a la que nos dé el sentido de todo lo absurdo, de todo lo enigmático e increíble que podemos observar. Y muchos vivimos la Navidad realizando buenas acciones que no hicimos en todo el año, prometiendo en vano ser más benevolentes, justos o mejores en el año venidero. Y así podemos celebrar que somos capaces de ser felices simplemente estando juntos. Y se acercan días de mucha suerte para algunos, de desdicha para otros. Y se acercan fechas que deberían ser felices, y muchos encontrarán la verdadera amistad o el gran amor de sus vidas, quién sabe. Y se acercan momentos felices sin felicidad para quienes creen que todo es un engaño, una estafa, una invención para entretenimiento de una mente brillante que un día quiso crearnos. ¿Por qué si no estamos aquí? ¿Por qué?


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