En nuestras relaciones sociales y nuestra condición humana existen interacciones muy complejas, en las cuales pueden tomar parte más de dos individuos. Si representamos cada individuo de un grupo social con un vértice, obtendremos figuras geométricas dinámicas, puesto que los vértices nunca permanecerán estáticos, sino que establecerán mejores o peores relaciones con unos u otros individuos del grupo. En teoría, la complejidad del análisis de estas figuras aumenta cuanto mayor sea el número de vértices. De esta forma, con tres individuos podemos establecer un triángulo social; con cuatro, un cuadrado; con cinco, un pentágono, etc. Sí es cierto que cuanto mayor sea el número de individuos mayores serán las interacciones y posibilidades de movimiento de los vértices en dichas figuras, pero también es cierto que cuanto más grande sea el grupo, más fácil será para cada vértice escoger sus mejores compañías y así no sentirse rechazado o desplazado por parte de los demás. Este tema es sumamente confuso y complejo, por lo que mentiría si dijese que lo tengo claro. Lo que dificulta todavía más el análisis de estas figuras y la determinación de reglas generales aplicables en todos o casi todos los casos, es el tremendo número de acciones que puede realizar un ser humano interactuando con otro. Es un imposible, pensarás, pero también un reto. ¿No trabajan a caso los matemáticos con situaciones en las que la palabra “infinito” se ve involucrada? Los números nunca mienten…
Pongamos como ejemplo tres amigos o amigas. Cada amigo/a es amigo/a de las otras dos. Ahora supongamos que cada amigo/a es un vértice. Unamos los vértices mediante líneas y obtendremos un TRIÁNGULO SOCIAL:
Para continuar con el ejemplo y para una mejor comprensión, denominemos a los vértices con letras: A, B y C. A cada letra le corresponderá el nombre de un amigo/a (vamos a usar un grupo homogéneo compuesto exclusivamente por tres varones que acaban de comenzar a entablar amistad simultáneamente):
Inicial y teóricamente, el triángulo social es o debería ser equilátero, pero nunca es así en la práctica. Digamos que, si se caen bien y el triángulo funciona, dos amigos se llevarán mejor entre sí que con el tercero, de manera que esos dos vértices se juntan más, manteniéndose el tercero en su posición inicial:
(Leyenda: la línea discontinua representa el dinamismo del triángulo, es decir, el desplazamiento de los vértices y su consecuente cambio de forma)
En el caso de la imagen anterior, Mario permanece en su posición dentro del triángulo, mientras entre Francisco y Juan se produce una aproximación, provocada por éste último. ¿Qué posibilidades existen ahora en esta interacción de vértices? Un montón:
Juan puede:
- pretender juntarse más a Francisco para reclamar reciprocidad en su intento por acercarse a él.
- verse más atraído por Mario y realizar el movimiento pertinente para acercarse a él.
- permanecer en su posición por temor a no recibir tal reciprocidad.
Francisco puede:
- permanecer en su posición.
- aproximarse a Juan, de manera recíproca.
- aproximarse a Mario, rechazando el movimiento de Juan.
Mario puede:
- permanecer en su posición.
- aproximarse a Juan en caso de que éste rechace a Francisco.
- aproximarse a Francisco en caso de que éste rechace a Juan.
Todo esto se produce de manera inconsciente e inevitable, puesto que cada cual tendrá sus gustos acerca de estar con una persona o con otra. Lo que por ahora está totalmente claro es que, por ley, siempre habrá favoritismos. Por esta razón, el triángulo social equilátero es sólo teórico y nunca se produce en la práctica. También está muy claro que las posibilidades de interacción pueden llegar a ser innumerables dada la complejidad de los actos producidos por los pensamientos, producidos a su vez por experiencias, gustos, etc.
Vamos, como siempre y felizmente (ya que lo nuestro es ser teoréticos o teorizadores), a emular un caso:
Mario, Juan y Francisco se caen muy bien. Pasan largos ratos de ocio juntos, juegan al billar, a los dardos, van de copas, ven juntos el fútbol… en fin, esas cosas que solemos hacer los varones normales cuando no tenemos nada mejor que hacer. Mario siempre fue partidario del Real Madrid y por otro lado, Juan y Francisco, del Barcelona. Esto es un poco apocalíptico, ¿no? Pero a pesar de sus desigualdades futbolísticas son muy buenos amigos. Mario es muy competitivo y juega magistralmente a los dardos. Siempre gana a sus dos amigos, aunque Francisco le pisa los talones y cualquier día se verán igualados en su habilidad apuntando. No cabe duda de que, gracias a esta competitividad, Francisco y Mario entablan mucha amistad pasando el rato de juego a carcajada limpia al darse cuenta de lo en serio que se lo toman. Juan odia los dardos, sin embargo juega con gran maestría al billar y sólo paga la primera partida jugando a “Rey de la pista”. Mario no soporta perder continuamente al billar dada su personalidad competitiva, así que no comparte mucha simpatía con Juan en este aspecto. De repente, un día, Francisco gana sobradamente a Mario jugando a los dardos; empezaba a jugar incluso mejor que él. Mario, alegando “la suerte del principiante o del marica”, como suelen decir, paga de nuevo y comienzan una nueva partida. La partida permanece muy igualada hasta los últimos puntos, en los que Francisco consigue encajar bien el dardo dejando su marcador a cero y, consecuentemente, ganando de nuevo. El destrono no podía ser más humillante para Mario, no se lo creía y negaba con la cabeza mientras decía: “mañana será otro día, hoy no tengo suerte”. Al día siguiente, antes de los dardos, Juan pidió “un billar”. A regañadientes, Mario aceptó y jugó contra Juan. Mario perdió y era el turno de Francisco, quien estuvo a punto de ganar, aunque de nuevo Juan consiguió encajar todas las bolas de su color, incluida la negra al final. Francisco sonrió y no le dio la importancia que Mario le dio al fracaso en este juego. Llegada la hora de los dardos, primero jugaron Francisco contra Mario. Mario dijo: “hoy si que vas listo, te vas a cagar, amigo”. Empezó el juego y, con gran asombro para los tres, Mario conseguía puntuaciones que no descendían de los noventa puntos en cada tirada, con lo que consiguió “cepillarse” a su compañero en menos que canta un gallo. Francisco sonrió de nuevo ante el fracaso y no le importó, en cambio, Mario exclamaba con fuerza: “¡tómalo! ¡Sí! ¡Soy el rey indiscutible!”. Ahora le tocaba a Juan jugar contra Mario. Juan tiene la palabra “puntería” en su diccionario. Podríamos decir que ni siquiera tiene la palabra “dardo”. Mario le ganó en o que dura un bostezo. En esta ocasión no se emocionó tanto, pero sí seguía exclamando que era imbatible. Francisco y Juan decidieron volver a jugar al billar la semana siguiente (¿esta gente no hace otra cosa? ¿No se pueden dedicar a alimentar a las palomas o algo por el estilo?). Esta vez la suerte estaba de parte de Francisco y pudo ganarle al maese Juan del billar. Juan se quedó muy sorprendido y después sonrió diciendo: “¿has estado practicando?”. Jugaron de nuevo y de nuevo ganó Francisco, esta vez con visible ventaja. Juan, bromeando, exclamó: “no puedo enseñarte tanto”. Pero Juan aceptaba la derrota y cuanto más perdía, más quería jugar contra Francisco. Para él suponía un reto. Jugando a los dardos, las tornas también cambiaron. Mario seguía siendo el rey indiscutible, pero ahora Juan superaba a Francisco. Ahora, entre Juan y Francisco existía una curiosa relación maestro-aprendiz en cuanto a estos juegos de ocio. Los dos aprendían uno del otro y aceptaban el reto con suma competitividad.
Los tres siguen siendo amigos, pero ahora (y desde siempre e inconscientemente) existe cierta aproximación entre Juan y Francisco que no existe entre alguno de estos dos y Mario.
El triángulo social dinámico que se establece podría ser el siguiente:
(En la imagen podemos apreciar una aproximación progresiva entre B y C, es decir, entre Francisco y Juan, movimiento que desplaza en cierta medida al vértice A de sus dos compañeros, es decir, a Mario).
El triángulo social es la estructura más simple que podemos encontrar en cuanto a la interacción entre más de dos individuos. Imaginemos que tenemos un conjunto de cinco amigos/as. Sería una locura su análisis, un imposible, puesto que la complejidad y las posibilidades aumentan con la adición de vértices. Quizás sea casualidad, pero contemos el número de posibilidades que nos dio antes el análisis de lo que cada uno podía hacer. El número es tres, al igual que el número de vértices. ¿Aumentaría quizás el número de posibilidades de la misma manera que el número de vértices, siendo los mismos números? Dejo la pregunta en el aire.
¿Moraleja? En los triángulos sociales hay un rechazo hacia uno de los vértices, consecuencia de un refuerzo entre los dos restantes.